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Nicaragua mira hacia el futuro con los rostros de los muertos en su memoria

Tomado de Agencia EFE.-

Bregan contra la muerte, el dolor, la represión y el silencio para luchar por una Nicaragua libre. Por el camino han perdido a 61 soldados caídos. 61 hermanos. Mas hoy, un millar de personas ha vuelto a salir a la calle para revelarse contra una forma de morir en vida: el olvido.

Uno de esos rostros de la muerte que se ha cobrado esta crisis es el de Álvaro Conrado. Fue asesinado tal día como hoy cuando iba a llevar, a escondidas, agua a los universitarios que recogían víveres en la Catedral. Acababa de cumplir 15 años. Era músico, atleta y quería ser abogado. Una bala de plomo truncó sus anhelos.

Pero su memoria ha quedado viva en los ojos de los nicaragüenses, que ven en él un ejemplo de lucha y constancia. A las afueras del Instituto Loyola, donde estudiaba, más de un centenar de personas recordaron su cara, su risa y sus características gafas.

“Yo tengo un hijo. Este es un colegio que enseña valores, como lo demuestra Álvaro. Quiero eso para mi hijo”, asegura a Efe María Galeano, una de las muchas madres que sienten la muerte del joven como propia. No lo han llevado en su vientre, pero el corazón les sangra.

Están convencidos de que la memoria es el camino y por eso está prohibido olvidar. Quieren justicia. Así que enarbolan sus puños y banderas mientras entonan a capela el himno nacional, una de las consignas de este pueblo levantado. Claman por el derecho a la vida, ese que le arrebataron a Álvaro el 19 de abril.

Ashly, Shalom y Montse son tres jóvenes que estudiaban con él. Lo recuerda como una “muy buena persona”, alegre, dispuesto a ayudar y amante del deporte, sobre todo del atletismo. Desde que se ha ido se sienten “devastadas”. A esta comunidad estudiantil le arrebataron a uno de los suyos.

En su honor, afirman las tres a Efe, la pista del instituto llevará su nombre. Él sigue presente. “Presente”, gritan compañeros, padres y madres. Todos está unidos por un mismo dolor, aquel que te oprime el corazón y te impide respirar.

Un dolor que también experimentó Álvaro, que sentía “fuego en la garganta” tras recibir un disparo. Mientras iba de camino a un hospital, donde según sus padres le negaron la asistencia médica que le pudo salvar la vida, pedía que no le dejarán dormir porque si se dormía ya no podría despertarse.

Y no se despertó. Pero ahora, como dice la letra de “Soy Alvarito Conrado”, compuesta por uno de los principales representantes de la canción testimonial en honor a este estudiante que quiso prepararse para ser profesional pero al que una bala asesina el truncó la vida y sus ansias de luchar, Carlos Mejía Godoy, el joven mira desde su estrella a Nicaragua “conquistar su libertad”.

La suya fue una de las muertes que más conciencia creó en un pueblo que no quiere volver a estar oprimido, mas no es la única. Las otras 60 también les queman las retinas y por ellas, para honrar su lucha, los estudiantes han anunciado que seguirán en pie.

“No nos vamos a rendir. Si ustedes están con nosotros vamos hasta el final. No nos vamos a rendir. Que se rinda ‘su madre'”, grita uno de los estudiantes de la Universidad Politécnica de Nicaragua a las afueras del centro, otro de los puntos donde este sábado miles de personas volvieron a demandar “Justicia”.

Del otro lado de las vallas, de donde cuelgan las fotos de algunos de los caídos y un cartel pide “No nos disparen”, continúan atrincherados los universitarios, que abren sus puertas para que Efe pueda ver cómo viven desde que hace un mes tomaran las instalaciones.

En su interior han creado un pequeño cuartel. Divididos en áreas, siguen resistiéndose a caer. Por todos. Por los 61. Las redes sociales en vivo han sido, junto con su voz y sus lanza morteros, las principales armas contra las fuerzas del Gobierno.

Con sus ataques les han quitado a varios. Han perdido la cuenta de todos los que entran en su pequeño e improvisado hospital, en donde los escritorios ahora funcionan como camillas. Pero en su memoria sí están todos los que faltan.

Una de las estudiantes recuerda con especial emoción a un padre y su hijo. Horas antes de aparecer mutilados y torturados cerca de la universidad les habían llevado víveres. Luego “los agarraron, los torturaron y los mataron. El joven solo tenía 17 años”.

El médico que los atendió, Nestor, no olvidará sus caras. Ni la lucha. Dejó su trabajo para ayudarlos y para que las madres dejen de estar en luto. Les están “matando a sus hijos”.

Pero estas muertes no son en vano. Las tendrán siempre presentes mientras intentan componer su futuro sin olvidar dos ingredientes innegociables: la memoria y la justicia. EFE

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