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Iglesia: Diálogo con respeto, con altura, con razón y con razones.

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Obispo Rolando José Álvarez Lagos Diócesis de Matagalpa.

Dando razones de aquello en lo que creemos y donde a partir de nuestras diferencias, seamos capaces de construir una sociedad más humana, más justa, más fraterna.

Carta Pastoral del Obispo de la

Diócesis de Matagalpa

“La Iglesia que queremos ser”

A los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas, fieles y hombres y mujeres de buena voluntad.

Les saludo en el Nombre de “Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Flp 1,2).

Al haber concluido la celebración de los Noventa Años de fundación canónica de nuestra bendita Diócesis y al iniciar el segundo trienio de la Instrucción Pastoral, que pretende poner en práctica el Sínodo Diocesano del año dos mil tres, he querido dirigirme a ustedes, con corazón de pastor, queridísimos hermanos y hermanas.

A la luz del Espíritu Santo, que nos ha hablado, en la serena oración y quieta reflexión con el clero y los laicos comprometidos, queremos construir parroquias discípulas y misioneras, orantes con la Palabra, en adoración perpetua, solidarias, en clara opción por la naturaleza pastoral de la Iglesia, en constante conversión pastoral y desarrollando una pastoral orgánica y de conjunto, que nos conduzca hacia la nueva evangelización (cf. Instrucción Pastoral, Marco Pastoral).

Queremos ser una Iglesia particular, que como María Santísima, sea Madre para todos, como el mismo Señor nos la entregó: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27). Una Iglesia que abrace a todos y que abra de par en par sus puertas a sus hijos, para que nos tratemos como hermanos.

A veces podríamos alentar, a lo interno de nuestra Iglesia, una mentalidad o una especie de “apartheid religioso”, creando una “división de clase” entre justos y pecadores, agraciados y desgraciados, buenos y malos, fomentando los preferencialismos, las exclusividades o selectividades religiosas o espirituales. No es éste el espíritu, la universalidad, del Evangelio ni de la Iglesia.

Glorificamos a Dios, por quienes estando en Gracia, pueden acercarse a la Mesa del Señor, a alimentarse con su Cuerpo y con su Sangre, sin comer ni beber su propia condenación (cf. 1 Cor 11, 27-29) y oramos, alentamos y acompañamos a quienes, por una u otra razón, se ven impedidos de tal Gracia. Y lo hacemos sin juzgarlos, mucho menos, condenarlos.

A quienes llevan una situación irregular, la falta de participación plena en la vida sacramental de la Iglesia, que sí les puede imposibilitar ejercer liderazgos específicos, no les puede imposibilitar su vivencia bautismal, en la participación auténtica en la Iglesia, en las pastorales, grupos, movimientos, asociaciones, cofradías, fraternidades u otros, estando juntos como hermanos, hijos de un mismo Dios (cf. Gal 3,26), que obra en todos. Ellos deben encontrar en nuestras comunidades un lugar propio que les facilite esta vivencia de fe y de comunidad, trabajando todos por nuestra propia salvación (cf. Flp 2,12).

Queremos ser una Iglesia particular, como María Santísima, alegre, gozosa y esperanzadora, como ella misma exulta de gozo: “Alaba mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador”, (Lc 1,46).

Reconocemos los males endémicos de nuestra sociedad, sobretodo el mal del poder y del tener, sobre el ser. En Nicaragua, hay quienes les interesa más el circulante que la justicia; les interesa más la economía que el medio ambiente, sin mediar razones que lo protejan; les interesa más la ganancia que el hombre en sí mismo; les interesan más los mega proyectos que el respeto a la historia, a la identidad, a la cultura y a la fe. No les interesa si el pan es con justicia o si el pan tiene el precio de la corrupción. “El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos” (Mensaje para la Celebración de la XLVIII Jornada Mundial de la Paz, 2015).

No obstante, la esperanza no defrauda (cf. Rom 5,5). “Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar” (Spes Salvi, no. 31).

Queremos ser una Iglesia particular, que como María Santísima, aprenda a decir “he aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra” (Lc 1,38).

En algunas ocasiones, la Voluntad de Dios, resulta incomprensible a nuestro entendimiento humano. Sin embargo, al discernir la Voluntad del Señor, descubrimos en quien nos hemos fiado (cf. 2 Tim 1, 12) y que El es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), como lo han afirmado los Obispos en Aparecida “nos ha sido dado Jesucristo, la plenitud de la Revelación de Dios, un tesoro incalculable, la “perla preciosa”, el Verbo de Dios hecho carne, Camino, Verdad y Vida de los hombres y mujeres, a quienes abre un destino de plena justicia y felicidad” (no. 6).

Este año, el Santo Padre ha querido dedicarlo en la Iglesia Universal, a la vida consagrada.

Para nosotros será un Año Vocacional, que lo celebraremos en torno a tres temáticas: la vida, la familia y la vida consagrada y sacerdotal. Todo bajo el misma lema y tema: “La familia, es semillero de vocaciones” (cf. Familiaris Consortio, n. 53).

La familia, es primera y principal transmisora de la fe (cf. Catequesis preparatoria para el V Encuentro Mundial de las Familias, 2006). Por eso, el año pastoral recién finalizado, nos hemos querido hacer eco de esta tarea primordial, reflexionando sobre la familia católica, transmisora de la fe cristiana. En la familia se forman, privilegiadamente, los valores cívicos, morales y cristianos.

Con los valores cívicos, aprendemos a respetar nuestra tierra, nuestra Patria, las leyes y la Constitución. Con ellos podemos volver a nuestros orígenes, a nuestras raíces, porque un pueblo que no vuelve a sus orígenes tiende a la desaparición. De ahí, además, la importancia de la memoria que como ha afirmado el Papa Francisco, es una “costumbre no muy común entre nosotros. Olvidamos las cosas, vivimos el momento, y después olvidamos la historia” (Homilía, 7 de Octubre 2014). Un pueblo desmemoriado, es un pueblo condenado al fracaso, a cometer los mismos errores de antes, en vez de aprender de ellos.

Con los valores morales, aprendemos la fidelidad y la lealtad a la persona, a la palabra dada, al compromiso asumido.

Para los cristianos, la palabra tiene origen divino: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios” (Jn 1,1). Por eso, la palabra tiene una connotación

sobrenatural. Por ello también, la palabra tiene su propia dignidad y aunque se abuse de ella y hasta pueda ser usada como arma dictatorial, reclama su lugar en nuestras vidas y en la sociedad.

Con los valores morales, aprendemos a amar, incluso al que nos mira como enemigo. El amor al próximo, siempre será un camino de humanización en nuestras relaciones humanas.

El amor comienza con el respeto a los demás, aunque no piensen como nosotros. El respeto a los pensamientos, planteamientos, propuestas y críticas constructivas que nos puedan realizar, sin mirar en el que piensa diferente, a alguien al que hay que eliminar; sin mirar en el que no comparte nuestro modo de ver las cosas, alguien al que hay que destruir y sin mirar al que nos contradice, alguien al que hay que “sacar de juego”, tarde o temprano, pretendiendo disponer de él o lo que sería peor de su vida.

Tenemos que aprender a dialogar civilizadamente, con altura, con razón y con razones. Dando razones de aquello en lo que creemos y donde a partir de nuestras diferencias, seamos capaces de construir una sociedad más humana, más justa, más fraterna.

En las manos de la Santísima Virgen María y en la de ustedes, queridísimos, deposito esta carta, con cariño de pastor.

En la festividad de Nuestro Señor de Esquipulas, a los quince días del mes de enero de dos mil quince “Año Vocacional”.

+ Rolando José Álvarez Lagos

Obispo de Matagalpa

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