Caravana de migrantes llega a estadio de Ciudad de México

Migrantes centroamericanos comienzan su caminata matutina como parte de una caravana de miles de personas que espera llegar a la frontera con Estados Unidos, mientras se enfrentan al volcán Pico de Orizaba a la salida de Córdoba en el estado mexicano de Veracruz, el lunes 5 de noviembre de 2018. (AP Foto / Marco Ugarte)

Por MARÍA VERZA y SONIA PÉREZ D. | CIUDAD DE MÉXICO | AP.-

Miles de agotados migrantes centroamericanos llegaron el lunes a Ciudad de México, donde las autoridades prepararon un estadio para acomodarlos y descansar hasta que decidan cómo seguir su camino hacia la frontera con Estados Unidos, aún a cientos de kilómetros.

Unas 500 personas llegaron la noche del domingo y durmieron en las gradas del estadio. Para la tarde del lunes ya había más de 2000.

Al centro deportivo llegó gente todo el día. Algunos descansaban al sol o dentro de las cuatro carpas habilitadas sobre el césped o en la parte exterior, mientras varios niños jugaban. Otros aceptaban masajes que ofrecían voluntarios.

Al mediodía algunos aprovecharon unos contenedores con agua colocados en el recinto para bañarse o lavar ropa y poco después comenzaron a formarse colas para acceder al comedor, donde empezaron a repartir almuerzos de pollo con arroz y frijoles. Enfrente, la gente se amontonaba sobre unas mesas buscando ropa donada que les pudiera servir.

Otros se acercaron a los servicios médicos, donde muchos llegaban con afecciones respiratorias y lesiones por caminar. “Desde que llegamos no hemos parado”, dijo Tania Escobar, enfermera de la Secretaría de Salud del gobierno de la ciudad.

Los funcionarios capitalinos esperaban recibir el lunes hasta 5.000 viajeros. Nashieli Ramírez, de la Comisión de Derechos Humanos de la ciudad, aseguró que los migrantes podrán permanecer en el estadio el tiempo necesario.

Los viajeros aún no tenían claro cuál era el siguiente paso y esperaban reagruparse para hacer alguna asamblea en la noche o el martes y tomar decisiones.

“Queremos llegar a Estados Unidos, pero sobre todo [queremos] un trabajo digno donde sea”, comentaba Mario Madrid, un agricultor de 46 años del departamento hondureño de Santa Bárbara, que llegó con su esposa y su hijo de 11 años desde Puebla.

José Hueso, un soldador de 51 años de San Pedro Sula, Honduras, sostuvo, sin embargo, que no aceptará nada más que llegar a la frontera. “La Ciudad de México es una escala para esperar mientras nos abren el camino para el norte”.

La mayoría de los migrantes están convencidos de que viajar en grupo es su mejor esperanza de llegar a territorio estadounidense y dejar atrás la pobreza, la violencia de las pandillas y la inestabilidad política de sus países de origen: Honduras, Guatemala, El Salvador y Nicaragua.

Yuri Juárez, de 42 años, quien cerró su cibercafé en Villanueva, Guatemala, después de ser asaltado y extorsionado por pandilleros, sopesó sus opciones: solicitar asilo en México o Estados Unidos.

“Yo sé que la violencia está más fuerte en Honduras. Yo sé que las posibilidades de que me den asilo en los Estados Unidos son muy bajas, pero yo no puedo trabajar desde que me saquearon todas mis computadoras”, dijo.

El presidente estadounidense Donald Trump ha ordenado el despliegue de tropas en la frontera con México en respuesta a las caravanas. Más de 7.000 efectivos recibieron indicaciones de apostarse en Texas, Arizona y California y el mandatario tiene pensado firmar un decreto la próxima semana, una vez pasadas las elecciones de medio término del martes. Este decreto podría derivar en la detención a gran escala de los migrantes que crucen la frontera y prohibir que solicite asilo todo aquel que ingrese ilegalmente al país.

Sin embargo, los viajeros siguen su camino al margen de los políticos y con otras preocupaciones, como conseguir transporte.

La jornada del lunes comenzó con complicaciones: los migrantes bloquearon brevemente el tráfico en la transitada carretera que llevaba a la capital del país para suplicar a los camioneros que pasaban por ahí que los llevaran, pero ninguno se detuvo.

Varios lograban parar los camiones y montarse, pero dependían de la buena fe de los choferes. Algunos camioneros le pedían a la policía que hiciera descender a los migrantes y hubo quien les subió pero cobrándoles.

Melvin Figueroa, de 32 años, de la capital hondureña, Tegucigalpa, y que viajaba con su esposa embarazada y sus dos hijos de 6 y 8 años, tuvo que pagar 10 dólares por cada uno para poder llegar hasta Ciudad de México en un camión que trasladó a más de 100 personas en malas condiciones.

“Había mucho calor y yo sentía que me iba a morir y que mi mujer no ventilaba, cuando bajamos lloramos, pero hemos sufrido mucho para llegar hasta acá como para dejarlo”, afirmó. Al llegar llevó a su hija pequeña al médico por vómito.

Los migrantes comenzaron a detener a los camiones para subirse, pero las condiciones eran inseguras y la lucha por un lugar dejó atrás a algunos como Sergio Cazares, de 40 años. El hombre de San Pedro Sula quedó parapléjico tras golpearse la cabeza al zambullirse en un río varios años atrás. Cazares quiere llegar a Estados Unidos para someterse a una operación que le permita caminar nuevamente, pero su amigo César Rodas, de 24 años, que ha empujado su silla de ruedas durante 24 días por tres países, no puede llevarlo en un vehículo cargado con 150 migrantes.

“No, no lo podemos subir, está muy lleno”, dijo Rodas. “Quiero llegar a los Estados Unidos para una operación, es mi única esperanza”, suplicaba Carranza.

México se enfrenta a la situación sin precedentes con tres caravanas migrantes dirigiéndose al norte. El grupo más grande fue el primero en ingresar y le siguió otro de unas 1.000 personas que cruzó desde Guatemala la semana pasada. Un tercero de aproximadamente el mismo tamaño vadeó el viernes el río Suchiate en la frontera.

La Secretaría de Gobernación calculó el fin de semana que en total hay más de 5.000 migrantes actualmente en el sur de México que se mueven en caravanas o en grupos más pequeños. Indicó que en las últimas semanas 2.793 han solicitado refugio y unos 500 han pedido asistencia para regresar a sus países de origen.

Los presidentes de Guatemala, Jimmy Morales, y Honduras, Juan Orlando Hernández, que han sido muy presionados por la administración Trump desde que comenzó la masiva salida de migrantes, mantuvieron el lunes una reunión e insistieron en convencer a sus conciudadanos de que regresen a sus países de origen.

La gran mayoría de los migrantes entrevistados a lo largo de las últimas tres semanas dijeron que se unieron a la caravana de forma espontánea, hartos de la violencia y la pobreza que vivían y cuando vieron las primeras noticias en la televisión. Grupos de activistas han estado coordinando al grupo en su camino al norte.

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